viernes, 10 de agosto de 2018

EL ANGELITO QUE PERDIÓ SUS ALAS

Este cuento tuvo cerca de 2.000 descargas en una página donde lo puse para descarga gratuita.




                                       



                                          EL ANGELITO QUE PERDIÓ SUS ALAS

                                                       CUENTO INFANTIL

                                                                     Por

                                                      MAGDA R. MARTÍN

                (Incluido en el libro de mi autoría titulado “MI LIBRO DE CUENTOS”)



       Arriba, arriba, en esa parte del cielo que no se ve desde la tierra, existe un lugar secreto donde se guardan las cosas hermosas de la naturaleza: el sol, la luna, la luz, los amaneceres y los ocasos, todas las estrellas a las que se les saca brillo a diario y también los colores con los que se pinta el arco iris.
       Estas cosas que nos parecen tan naturales, están, cada una de ellas, cuidadas por unos angelitos que son quienes se ocupan de que todo esté limpio, brillante y en orden para cuando llega el momento de  ocupar el sitio que a cada cosa  le corresponde.
       Hoy vamos a explicar la historia del angelito más revoltoso de todos. No tiene nombre porque en el cielo cada cual se reconoce sin tener que llamarse y es el que se encarga de pintar el arco iris que, aunque nunca se ha dicho, entonces sólo tenía seis colores: rojo, naranja, amarillo, verde, azul y añil.  Este angelito es  muy, muy pequeñito, con el pelo enmarañado en unos rizos muy rubios y unos ojos chispeantes como dos estrellas y siempre lo encontraremos con el pincel en la mano dando brochazos, una vez a la franja roja, luego a la verde, más tarde a la amarilla... y así a todas ellas, para que cuando en esas tardes lluviosas en las que de pronto luce un rayo de sol, se pueda contemplar un maravilloso arco iris.
      A este angelito revoltoso y travieso, le gustaba dibujar ventanitas en esas nubes blancas que parecen un trozo de algodón, para asomarse y poder curiosear todo lo que sucedía en el mundo y aquel día, sin que nadie lo advirtiera, se escapó por una de ellas. Desplegó sus alas transparentes y volando, volando, se acercó hasta la tierra. Cuando ya estaba llegando se dio cuenta de que no sabía aterrizar y entonces se introdujo en una nube gris llena de agua, se agarró a la punta de una gota de lluvia de esas que parecen lágrimas gordas, se dejó balancear en el aire  y lentamente fue a posarse sobre la hoja de un nenúfar blanco que estaba en el centro de un lago.
       Al caer, se quedó panza arriba un poco asustado sin saber donde se encontraba y al ver aquella superficie verde  que le rodeaba se quedó boquiabierto. Era ¡tan bonito! que pensó estaba todavía en el cielo pero al tocar el agua y mojarse los deditos,  se dio cuenta de que ya había llegado a la tierra porque cuando estás en el cielo nunca te mojas, sólo  te hundes…, te hundes…, como si estuvieras en el interior de una burbuja y  flotas de un lado para otro lo cual resulta muy divertido.
       El angelito se puso muy contento y comenzó a navegar sobre el nenúfar inventando viajes que le llevaban a lugares desconocidos. Las carpas plateadas, al ver aquel angelito chiquitín tan alegre y revoltoso, comenzaron a jugar  dando saltos a su alrededor hasta que en un momento de entusiasmo, nuestro angelito,  ni corto ni perezoso, se lanzó al agua para bucear entre las ranitas verdes, cabalgó sobre las azules libélulas que volaban haciendo piruetas y al cabo de un rato, cansado y un poco aburrido, se dejó llevar por una de ellas hasta el bosque donde comenzó a pasear por los caminos en contemplación maravillada de las flores que no conocía, mientras observaba el vuelo de los pájaros y escuchaba ensimismado sus gorjeos. Persiguió abejas y mariposas -que nunca alcanzaba- hasta quedar agotado y entre la hierba de un prado se durmió hecho un ovillo.
        Al despertarse estaba tan entumecido que apenas si se podía mover y comenzó a arrepentirse de su aventura por lo que decidió emprender el viaje de vuelta. Pero cuando quiso elevarse, no pudo volar por más que lo intentó. Una y otra vez daba saltitos para que sus alas se movieran pero era inútil, no podía volar. Muy, muy asustado, miró a su espalda y vio con horror que ¡no tenía alas! ¡habían desaparecido! Entretenido con tanto juego no se dio cuenta de que las había perdido porque, al estar en la tierra no podía seguir siendo un angelito y se estaba transformando en un niño.  Aterido de frío y sin saber qué hacer, se quedó acurrucado junto a un arbusto y comenzó a llorar. Pero vosotros no sabéis que los angelitos no lloran igual que las personas y de sus ojos comenzaron a caer unas lágrimas chiquitinas, chiquitinas, que eran como campanitas y al llegar al suelo dejaban oír una bonita melodía: ¡Tiinn tantaranntann...! ¡Tiin tantaranntann...! Y gracias a esta música, el angelito se salvó, porque, en aquel momento, una niña que paseaba por el bosque recogiendo violetas, al oír el repiqueteo, buscó entre los arbustos para descubrir aquella música y encontró al angelito acurrucadito debajo de una margarita llorando desconsoladamente.
       La niña, lo recogió con mucho cuidado, lo metió en su bolsillo y lo llevó a su casa donde, envuelto en un trozo de bufanda lo arrimó a la chimenea para que se calentara. Cuando se recuperó, el angelito revoltoso  le explicó a la niña su aventura y le dijo, hecho un mar de lágrimas, que no podía volar porque había perdido sus alas.
       La niña, compadecida de aquel angelito llorón, chiquitín y sin alas, quiso ayudarle y se le ocurrió una idea. Deshojó las violetas que había cogido en el bosque y comenzó a hacer su trabajo mientras el angelito dormía un ratito.
        Cuando por la mañana salió el sol y se despertó, el angelito vio que la niña tenía entre sus manos dos bellas alas hechas con pétalos de violetas, las más hermosas alas que jamás había visto. La niña le ayudó a colocárselas bien sujetas en la espalda y el angelito chiquitín y revoltoso, después de darle las gracias,  echó a volar perdiéndose en la inmensidad azul.
       Al llegar al cielo, fue corriendo a por el pincel para retocar el arco iris que había abandonado con su aventura y se fijó que entre todos aquellos bonitos colores, faltaba uno que nunca había estado allí. ¡Al arco iris le faltaba el color de sus alas, el violeta! Entonces, el angelito, humedeció el pincel en los extremos de aquellas alas que eran pétalos de flor y añadió una franja a los otros seis colores.
       Desde entonces, el arco iris que vemos cuando el sol ilumina las gotas de lluvia, tiene siete colores: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y... ¡violeta! El color de las alas de un angelito revoltoso y travieso que quiso correr una aventura en la tierra y perdió sus alas.
   

                                                                                 MAGDA R. MARTÍN



miércoles, 8 de agosto de 2018

MEDIVIERTE ESCRIBIR CUENTOS


                                                               CUENTO
                                                    GATOS Y RATONES

    Había una vez un ratoncita blanca,  que se llamaba Sara y vivía en el Agujero 2º C del Descampado “Las Amapolas”  situado en el Centro Geográfico de la Península. Sara, era una ratita muy guapa y descendiente de la nobleza ratonil y eso se notaba porque, además de ser elegante y exquisita en el trato, tenía un pelaje suave y blanco que ella cuidaba mucho.
     Un día, cuando, al amanecer, después de lavarse, se atusaba los bigotitos, se sorprendió al verlos lacios y despeinados sobre su hociquito. Le entraron ganas de llorar porque vio que se hacía viejecita pero dijo: “¡Ni hablar! ¡De viejecita nada!” Cogió el bote de laca comprado en los almacenes ”Mercabicho Cochinilla Redondela”, se espolvoreó bien los bigotes para dejarlos muy tiesos,  se puso el delantal, comenzó a tararear una canción y sacó del armario de la cocina, huevos, mantequilla, harina, azúcar y leche, se remangó y, muy dispuesta, comenzó a preparar un bizcocho.
     Con la ratoncita Sara, vivía su hijita Sara-One, que era clavadita a ella pero en pequeño. ¡Era muy lista, muy lista! Y siempre estaba investigando cosas porque quería ser el mejor Abogado Criminalista del Descampado “Las Amapolas” y sus aledaños. Aquel día, se despertó con ganas de ayudar a su mamá y en el momento que cascaba un huevo para hacer la masa, llamaron a la puerta. Cuando abrieron, se encontraron frente a un señor gatazo negro con la punta del rabo blanca que, muy meloso, intentaba venderles un Seguro de Vida que decía era un Seguro muy seguro porque los Bancos no habían metido la mano en el negocio y tampoco tenían Caja B.
    Como la ratoncita Sara, aunque era de noble cuna, no tenía ni un mísero eurito, le dijo al gato que no, que a ella los seguros esos la traían sin cuidado pero, como aquel gato negro, aunque se le veía lustroso, tenía cara de hambre y no hacía más que relamerse los bigotes, la ratoncita Sara que era muy compasiva con sus semejantes –que quiere decir que los pobres le daban mucha pena- , le hizo pasar a la cocina y le ofreció un buen vaso de leche caliente y una rosquilla que había sobrado del día anterior (un poco correosa pero todavía comible)
   Cuando el vendedor gatuno se marchó, en casa de la ratoncita Sara, se armó la marimorena. Sara-One, que además de investigadora tenía un genio de mil demonios, se encaró con su madre y con los brazos en jarras, le dijo:
¬ Mami…, ¡ni se te ocurra volver a invitar a ningún vendedor ni siquiera a un vaso de agua! Son gatos peligrosos disfrazados con piel de ratón bondadoso y, a la primera de cambio, echan la zarpa y ¡zás! Se acabó ratita Sara para in secula seculorum.
     Sara-One, que estaba muy escamada con aquella visita, comenzó a investigar, que era lo que más le gustaba y, un día, al ver al gatazo vendeseguros haciendo su trabajo por la Urbanización, le siguió sin dejarse ver y comprobó como el Don Gato, llegaba a un vertedero cerca de un riachuelo y allí, en una tubería de esas grandotas que no se sabe para qué sirven y están abandonadas, se metió en el hueco y allí se quedó. Sara-One que era muy lista y muy observadora, se acercó poco a poco y, por un agujerito que había en la tubería grandota, arrimó el ojo y vio al gatazo vendeseguros acurrucado junto a una gatita blanca, negra y parda que acunaba a cinco gatitos de todos los colores que maullaban muertos de hambre.
     Sara-One, no lo pensó ni un segundo. Echó a correr por el Descampado “Las Amapolas”, como si tuviera que ganar la maratón de San Silvestre, entró a su casa como un ciclón y le dijo a su mamá:
¬ ¡Mami, mami. Que me he equivocado, el gato es bueno y necesita ayuda… Corre… corre!
     A la ratoncita Sara le costó un poco comprender lo que decía Sara-One pero, cuando consiguió que se calmara y le explicó lo visto por el agujero de la tubería grandota, metió en un cesto tres botellas de leche, una fuente con rosquillas, un bizcocho de tres pisos con nata y chocolate, además de unos arenques comprados  en el dosXuno en la oferta de “Mercabicho Cochinilla Redondela” y, a toda prisa, llegaron a la tubería grandota y se presentaron ofreciendo su ayuda a la familia de gatos.
    Como en el Agujero 2º C donde vivían las dos ratoncitas tenían habitaciones de sobra, le dijeron a la familia gatuna que podían ir a vivir a su casa y así, ella podría hacer más rosquillas y bizcochos con la ayuda de Doña Gatuska, que así se llamaba la gatita de tres colores. Total que, al final, entre todos montaron una churrería y se forraron (que quiere decir que ganaron mucho dinero y de pobres de solemnidad, se convirtieron en ricos por casualidad) tanto que, aquel verano, se fueron de vacaciones a las Islas Caimán –que no sé dónde están pero es igual- y allí fue donde, Don Gato, sacó la vena sinvergonzona gatuna porque, sin que nadie se enterara (o eso creía él) abrió una cuenta “offshore” con todo el dinero ganado en la churrería y se dedicó  a pasear en yate por los mares del mundo, acompañado de otros gatos de su ralea y las gatucas medio tontas o medio listas de sus amigotes que sólo deseaban que les regalasen joyas de oro y diamantes de cuantos más quilates mejor y si caía algún bolso de “Loewe”  pues miel sobre hojuelas.
    La ratoncita Sara y la gatita de tres colores, tuvieron que comprar los pasajes de vuelta más baratos que encontraron porque se habían quedado sin un Euro; incluso pidieron prestado un billete de diez para comprar pipas, a unos lagartos alemanes que andaban por allí poniéndose morenos y que eran los que más sabían de negocios y dinero.
  ¡Ah! Sara-One acabó siendo la mejor investigadora-detective después de Sherlock Holmes, en el Descampado “Las Amapolas”. Vendieron la churrería y fueron felices para siempre.  FIN -  MAGDA 



martes, 31 de julio de 2018

UN DÍA


                                                UN DÍA

UN DÍA, recordé mi pasado.
UN DÍA, supe que fui joven.
UN DÍA, adiviné mis errores.
UN DÍA, me sorprendió la vida.
UN DÍA, no era yo misma.
UN DÍA, me rebelé, tenía que volver a conocerme.
UN DÍA, comprendí mi abandono.
UN DÍA, decidí recuperar lo perdido.
UN DÍA, me enfrenté a los problemas con la espada en alto.
UN DÍA, sentí la batalla perdida.
UN DÍA, encontré la victoria entre mis manos. Era yo misma.
UN DÍA, le sonreí a la vida.
UN DÍA, me sentí cansada y al mirarme en el espejo, me vi vieja.
UN DÍA, contemplé, en silencio, mi existencia. Vivía todavía.
UN DÍA, quise ser aire, nube y luz pero no pude…
UN DÍA, supe que ya moría.  -   MAGDA


lunes, 30 de julio de 2018

UNA LECTURA INTERESANTE

Salud

Por qué deberías leer libros todos los días, según la ciencia

Por qué deberías leer todos los días, según la ciencia
Leer aumenta la esperanza de vida, aumenta tu habilidad para aprender e impulsa la creatividad y la toma de decisiones. Pero eso no es todo: repasamos las ventajas de zambullirte en un libro a diario.
Personalmente, estoy totalmente de acuerdo con la frase de Lena Dunham, autora de Girls, que dice aquello de “seamos razonables y añadamos un octavo día a la semana dedicado exclusivamente a leer”. La lectura constituye una herramienta barata y eficaz para viajar sin moverse del sitio, vivir miles de vidas desde dentro del pripio cuerpo, impregnarse de otras culturas o relajar la mente y evadirse de los problemas y la velocidad de la vida cotidiana.

Los 24 libros que nos contaron el futuro antes de tiempo

Pero, seas una persona lectora empedernida o no, lo cierto es que leer a diarioaporta numerosos beneficios a tu salud tanto mental como física. Para que te animes a acudir a la biblioteca de tu barrio más a menudo, desempolves esa novela que dejaste a medias, bucees en la estantería de ensayos de tu revista favorita o decidas releer tu libro favorito, te contamos las ventajas que acarrea la lectura en base a diversas investigaciones y estudios científicos. 

Beneficios de la lectura para tu salud que debes conocer

  • La lectura aumenta tu vocabulario: Un estudio llevado a cabo por la Universidad de Londres evaluó las habilidades de vocabulario de las mismas personas a los 16 y 42 años, y encontró que a una edad más temprana el puntaje promedio de la prueba era del 55 por ciento. Más tarde en la vida los puntajes promediaron un 63 por ciento en la misma prueba, lo que indica que los humanos continúan aprendiendo habilidades del lenguaje incluso como adultos. Los participantes del estudio que leían con frecuencia por placer obtuvieron los mayores beneficios en la prueba.
  • La ficción literaria incrementa la empatíaInvestigadores de la Nueva Escuela de Investigación Social de Nueva York han determinado que leer ficción literaria mejora lo que se denomina “teoría de la mente” (ToM), o la habilidad para comprender los estados mentales de los demás y poder construir complejas relaciones sociales. Otro estudio de la Universidad de Harvard publicado en 2013 reveló que los lectores de ficción literaria obtuvieron un mejor desempeño en tareas como predecir cómo actuarán los personajes e identificar la emoción codificada en las expresiones faciales. 
  • Disminuye el estrés y la ansiedad: En 2009, científicos de la Universidad de Sussex en el Reino Unido analizaron cómo diferentes actividades contribuyen a la reducción del estrés midiendo la frecuencia cardíaca y la tensión muscular. El resultado reveló que leer un libro o periódico durante seis minutos redujo el estrés en un 68%, un efecto más fuerte que dar un paseo (42%), beber una taza de té o café (54%) o escuchar música (61%).
  • Modifica tus circuitos cerebrales: Investigadores de la Universidad de Emory en Atlanta realizaron imágenes de resonancia magnética funcional (fMRI) de 21 estudiantes de pregrado, todos encargados de leer la novela Pompeya de Robert Harris. Días después de leer diversas secciones del libro, los resultados mostraron una mayor conectividad en las áreas del cerebro involucradas en la receptividad del lenguaje, así como en las responsables de la sensación física y el movimiento.
También cabe destacar el estrecho vínculo entre el amor por la lectura y la superación personal, algo ejemplificado por la experiencia de personas exitosas y devoradoras de libros como Richard Branson, Bill Gates, Arianna Huffington o Elon Musk.

lunes, 23 de julio de 2018

UNA PUERTA VERDE












                                    
 RECUERDOS   DE  UNA  VIDA



                                            
                                               UNA PUERTA VERDE



       Me miré en el espejo, por última vez, antes de abrir la puerta. Coloqué en su sitio un mechón de pelo desordenado, estiré la falda, rodeando mis caderas con las manos, ajusté el cinturón del abrigo y,  con voz  alta para que me oyeran mis hijos,  dije un ¡Hasta luego! al mismo tiempo que salía para coger el ascensor. El cambio, imprevisto por inesperado, me dejó sobrecogida. En lugar de encontrarme en el rellano pavimentado de gris de la escalera, estaba pisando las baldosas rojas de un porche en donde unos rosales trepaban por las paredes encaladas de lo que era un pequeño chalet. El sol iluminaba el lugar mientras mi mano, de piel tersa, sujetaba el pomo de una puerta pintada de verde que tenía, a cada lado, enormes tiestos en los que florecían unas hortensias azules de gran belleza.
     Con gran esfuerzo, intenté ubicar mi mente en aquella realidad falta de coherencia. No podía entenderlo. Había cerrado la puerta del segundo piso de la casa de Madrid donde vivía desde hacía más de treinta años. Todavía tenía el pomo entre mis manos, sin embargo, aquello era un lugar diferente; hacía calor y yo, estaba segura de haber cubierto mi cuerpo con un abrigo negro para resguardarme del frío invernal de un mediado mes de diciembre. En aquel momento, mis brazos, ligeramente bronceados, se veían al descubierto y un vestido veraniego, blanco, de amplia falda, era lo que vestía mi joven cuerpo de no más de veinte años. Era inaudito. Me sentí perpleja y asustada. ¿Dónde me encontraba? Miré alrededor para reconocer el lugar. Los recuerdos entrañables, surgieron en mi asombrada mente. Aquella era la casa de mis padres, donde yo había vivido hasta mi matrimonio. No era posible.  ¿Qué estaba haciendo allí? ¡Todo aquello había dejado de existir! ¿Acaso estaba soñando?
       Observé con incredulidad mis manos, mis piernas, mi cuerpo... ¡Era una muchacha joven! Empujé la puerta pintada de verde. Volvería a entrar para aclarar aquel extraño enredo. Hablaría con mis hijos, los había dejado dentro, estudiando.
       La puerta se abrió y del interior, surgió el olor intenso y amado de la casa materna. Olía a leche caliente, a pan reciente, a ese aroma característico identificador de nuestra individualidad. Olía a madre, a hogar..., y una profunda nostalgia de tiempos pasados, inundó todo mi ser. Me encontraba en el pequeño recibidor del chalet de mis padres. Aquel hogar de mi juventud.
       Escuchar la voz de mi madre desde el interior, me dejó más perpleja si cabe. Era la voz de una madre  ya desaparecida, a la que yo había visto muerta en su ataúd y a quien había llorado hacía más de diez años. De manera  incomprensible, la vi salir de la cocina, secándose las manos con el delantal en un gesto muy suyo, mientras preguntaba de una manera retórica también muy común en ella:

¬¿Ya estás aquí, hija?

      Mi corazón latía desacompasado mientras contemplaba su amada figura que continuaba diciendo:

¬ Otra vez ha vuelto a llamar por teléfono ese chico...Pedro ...dice que se llama... Insiste en hablar contigo. ¿Por qué no hablas con él? Respóndele. Parece un chico muy educado.

     Pedro... ¡Me llamaba Pedro por teléfono! Sí. A mi mente volvió la evocación de tiempos pasados, cuando finalizó la relación con aquel primer amor  por un mal entendido. Él, insistía en contactar conmigo con llamadas telefónicas constantes y recordé el lamentable resultado final de aquella situación. Un día,  respondí a su llamada, pero fue para despreciarlo con la arrogancia de una inexperta juventud que no quiso admitir sus palabras de disculpa. La relación, se rompió para siempre aunque dejó en mi corazón herido, un regusto de amargura que duró toda mi existencia. No obstante, por alguna causa desconocida,  en aquel exacto minuto, el tiempo había retrocedido y, la vida, me daba una nueva oportunidad para poder cambiar el resultado de aquel suceso, que condicionó todo mi futuro. ¿Debía aprovecharlo, ahora podía enmendar el error cometido tanto tiempo atrás?

     Abrazaba a mi madre con el infinito amor que da la seguridad de la pérdida de una compañía tan amada, cuando volvió a sonar el teléfono. Me apresuré a descolgar aquel auricular negro, de un aparato antiguo sujeto a la pared del salón. Me senté en el sillón de mimbre situado junto a la ventana cubierta de geranios, como siempre había hecho cuando hablaba con Pedro por teléfono y, al mismo tiempo que oía su amada cálida voz, volví a recorrer con los dedos de la mano libre, el entramado de la mesita,  en un  gesto rutinario de antiguas actitudes.

¬ Quiero verte¬  decía tristemente ¬ quiero que me perdones...

     Volví a recordar mis rencorosas palabras de tiempos ya huidos. Pero, ahora, ¡podía rectificar! Se me ofrecía la oportunidad de cambiar mi futuro. Era una última ocasión regalada por el destino. Con emoción contenida, respondí:

¬Sí, Pedro... Nos vemos esta tarde a las cinco, donde siempre..., y hablamos. Ya te he perdonado... Te quiero.

     Coloqué el auricular en su sitio y sentí una inmensa paz dentro de mi ser. Había reordenado el error de mi vida. Mi futuro, sería diferente. Me levanté. Sentía una extraña felicidad.  Despacio, me acerqué hacia la puerta de entrada pintada de verde. Sólo se oía el resonar de mis altos tacones al andar y el trajinar de mi madre entre pucheros en la cocina. Al oír mis pisadas,  dijo:

¬¿Te vas otra vez, hija?

     Le respondí con esa serenidad que sólo proporciona el convencimiento de los hechos bien estructurados:

¬ No, mamá. Sólo quiero tomar un poco el sol en el porche.

     Abrí la puerta verde esperando sentir los cálidos rayos del sol en mi rostro, pero, en su lugar, un frío y denso silencio me llenó de frustración. Mi mano, envejecida, con infinidad de arrugas, sujetaba el pomo de la puerta de mi casa en Madrid.
     Volví a la realidad. Tenía sesenta años y la certidumbre de que, el amor de Pedro, se había perdido en el tiempo a la espera de un perdón que nunca llegó.
     Me arrebujé en el abrigo como si intentara arropar también aquel viejo recuerdo y salí a la calle. Un viento helado, amontonaba en la cuneta las hojas secas de los árboles. En mi alma, existía un frío de muerte, un sentimiento profundo, sin nombre,  primitivo. Un dolor que se expandía a través de cualquier existencia, a través de los siglos, parecía eterno...
     Comencé a caminar mientras  abrazaba mi cuerpo para luchar contra el viento. No podía olvidar aquel extraño incidente. ¿Por qué había sucedido?  Tal vez,  era cierta la existencia de  mundos paralelos donde se realizan otras vidas semejantes a las nuestras pero con resultados diferentes y yo, estaba amando a Pedro felizmente, en otro lugar situado un poquito más allá. En el éter. En un mundo paralelo.
       Sentí como las lágrimas se helaban en mis mejillas. Me abracé con más fuerza, apreté el abrigo negro sobre mi pecho y continué mi camino. -MAGDA
                                                                            


viernes, 13 de julio de 2018

RESEÑA NOVELA


                                       
 “ LOS BUENOS ”
                                     Autora HANNA KENT

Es la primera novela que leo de esta autora australiana y, debo decir, que me ha impresionado. Voy a intentar explicar por qué me ha causado esta gran impresión.
 Una de las cosas que más me ha sorprendido, ha sido el lenguaje empleado que lleva al lector a participar  en los episodios de la trama, como si fuera un espectador más en el grupo que forma parte de la historia. Hanna Kent, tiene esa sutileza de escribir entre líneas, muy poco común y que es algo, un don, innato que la naturaleza regala solo a algunos afortunados escritores.
Estoy segura de que, la mayoría de sus lectores, hemos sucumbido a ese difícil arte de integrarnos en el ambiente de la época narrada, sin casi ser conscientes de ello. La escritora, con sus descripciones y hechos narrados con un verbo sabio muy auténtico de la época en la que se desarrolla el argumento, no nos deja escapar. Participamos, nos engullen los dolores, las tragedias, las supersticiones, la pobreza, el amor y las costumbres ancestrales de un pueblo antiguo de druidas, bosques encantados poblados de hadas y duendes invisibles, incorpóreos pero reales para los lugareños.
Aun siendo el ambiente donde se desarrolla la historia, sórdido y desgarrador, está lleno de poesía, de una belleza implícita a los paisajes, a las brumas, a los montes y los ríos, al frío, a la escarcha, al rocío, al calor agobiante, a los amaneceres y a los anocheceres, a los árboles y las plantas con los que se llega  a una simbiosis casi fraternal.
Cada capítulo lleva el título de un árbol o una planta que, por supuesto, tiene un papel importante en la exposición de la historia narrada, un detalle singular que me resulta de una gran belleza.
No voy a explicar el argumento pero, según la propia autora, se inspiró en los hechos reales de un infanticidio ocurrido en el siglo XIX en Irlanda.
Como podéis suponer, recomiendo esta lectura. A mí me atrapó y, a pesar del ambiente de intensa pobreza, el lector se identifica y comprende las actitudes y reacciones de cada personaje, condicionados, todos ellos, por su entorno, sus costumbres y creencias arcaicas pero impregnadas de una misteriosa y mágica belleza. -  MAGDA. 

martes, 3 de julio de 2018

LA NIÑA QUE CRECIÓ CON UNA IMAGEN OLVIDADA


             


         LA NIÑA QUE CRECIÓ CON UNA IMAGEN OLVIDADA

 Tenía cinco años. Se llamaba María. Rubia, frágil y humilde. Aquel era su primer recuerdo. Duro pero real. ¿Marcó su futuro frente al dolor? ¿Frente a la venganza? Aquella impronta temprana en su mente, ¿condicionó su vida?
 Al rememorar los sucesos de su temprana vida, comprendió lo que podía ser la soledad cuando en el rostro ensangrentado del hombre apaleado ¬por el dueño del corral donde, decían, había robado una gallina¬,  creyó ver la mueca de una sonrisa que, en lugar de ofrecerle consuelo, la asustó. Los curiosos, cobardes observadores, mudos e inmóviles durante el terrible espectáculo, desaparecieron como ratones asustados una vez finalizado el castigo en el descampado escogido para el infame proceder, allí, en las afueras del pueblo. Donde no llegaban las casas. Donde la ciudad se convertía en monte después de una estación de ferrocarril que recordaba a los habitantes el final de su entorno habitable.
No quedaba nadie. Solo ella y el hombre castigado. Nadie se detuvo para ayudarlo. Nadie tuvo compasión. Huyeron. El mundo huyó. Paralizada ante un profundo sentimiento desconocido, brotado de no sabía dónde, observó cómo, con lentitud, el hombre se incorporaba. - “Le dolerá. ¡Qué alto es!”-  pensó al verlo de pie. Elevó la mirada para contemplar la cara sucia del flagelado. Una mezcla de sangre y tierra cubría su rostro amoratado, inflamado. Parecía llevar una máscara.
¿Debería ayudarlo? –se preguntó¬. Era como el Cristo de la iglesia, solo le faltaba la corona de espinas. Fue entonces cuando se fijó en aquella extraña sonrisa que le ofrecía. No supo reaccionar, era una niña muy pequeña que, todavía desconocía la crueldad. La afligió hasta el extremo de hacerla sollozar. Fue, en aquel momento, cuando su mente reaccionó ante aquel espectáculo horrible. Echó a correr. Sintió terror. No sabía de qué. Tenía miedo, mucho miedo. Temblaba. Debía escapar. Escapaba de lo increíble. Del mal. Del dolor. Fue la primera enseñanza de la única profesora que no se rinde nunca: LA VIDA. La primera lección llevaba el título de: “LA MALDAD HUMANA”
María no podía vivir con aquella imagen tan dolorosa presidiendo sus recuerdos y decidió cambiarla. Debía erradicarla, borrarla, no había ocurrido. Y la guardó en el subconsciente. La envolvió en papel de plata, la escondió en un cofre de oro y tiró la llave al aire, al viento, a las nubes blancas,  a la lluvia, a la nieve… Dejó escurrir sus recuerdos que se mezclaron con el agua de los ríos, con las flores de los prados, con el silencio del mar y tomaron  forma de cuento hermoso.  Así creció María. La niña rubia, frágil y humilde.
Mientras los días se sucedían unos a otros, María soñaba la vida. Transformaba los hechos cubriendo la amargura y fealdad con un halo de falsa belleza. Así, idealizaba su presente sin ser consciente de ello y así fue la forma en la que llegó a ser engañosamente feliz. Reía, cambiaba la tristeza en alegría, encontraba la parte positiva en sucesos negativos. Creía en la bondad porque la maldad, la crueldad, era una farsa, teatro, mentira. No existía en la vida real porque a ella no le gustaba.
Llegó un día en el que, María, se enamoró. Amó a un hombre y se unió a él en matrimonio. Fue la más inverosímil felicidad.  Hasta que, un día, una bofetada chasqueó en su mejilla donde dejó la marca enrojecida de unos dedos grandes, dedos que ella había besado uno a uno ¡tantas veces! Buscó la contrapartida al desengaño que comenzaba a crecer como un hongo parásito junto al árbol de su confianza y encontró un baúl repleto de excusas, disculpas, sin ser consciente de que su recuerdo se acercaba, poco a poco, al estuche de oro que escondía la pelota plateada de la primera imagen olvidada de su vida.
Y María, continuó amando, sonriendo, perdonando y olvidando.
Pronto, las bofetadas se transformaron en golpes, primero a puñadas, luego, con objetos contundentes. Tirones del pelo al tiempo que era arrastrada para ponerla en pie  después de haber sido golpeada, pateada en el suelo cuando, hecha un ovillo, intentaba esquivar la paliza.
Las disculpas continuaban: “tenía mal genio” “estaba cansado” “los negocios fracasaban” Una tarde, después de recibir los golpes, María se miró al espejo y no pudo evitar el llanto, el dolor. No era su cara lo que veía en el espejo… era el rostro del hombre apaleado, aquel rostro ensangrentado, amoratado que, un día, hacía ya mucho tiempo, fue una imagen que había escondido en su mente envuelta en papel de plata dentro de un cofre de oro desprendiéndose de la llave.
El cofre de oro ya no necesitaba llave, se había roto en mil pedazos y la dolorosa realidad, se extendía por cada rincón de su mente como un río desbordado. Entre el agua salada de sus lágrimas, apareció la triste mueca de algo que quiso ser la sonrisa de un hombre apaleado.
María volvió a su antigua ciudad, a la de su infancia. Otra vez sola. Buscaba algo a lo que no sabía darle nombre. Tal vez era aquella imagen olvidada. Una máscara de dolor, un miedo desconocido, una angustia… una profunda tristeza que no se había desahogado en llanto sino que se escondió como si hubiera sido un hecho indecoroso. Una niña de cinco años no podía contemplar aquella dura demostración de lo que es la vida y mucho menos recordarla. Pero… entonces… ¿fue verdad?  Aquella niña dulce, con una mente y un corazón en blanco, sin preconceptos adquiridos todavía por la experiencia, ¿guardó en un rincón de su cabecita un barullo de desagradables recuerdos como una telaraña que nunca se limpió?  
María se dedicó a buscar la verdad de aquel suceso y, con un deseo de encontrarla y descubrirla, inició una nueva vida en la ciudad de su infancia. Si allí había comenzado su mal, allí debía de estar la solución.
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Me sentí extraña. No podía reconocer aquella ciudad como la de mi infancia. La casa,  la cocina grande luminosa, con las grandes ventanas que daban al patio donde las gallinas picoteaban, ya no existía. Tampoco el descampado donde fui la infantil espectadora de una crueldad sin límites. ¿Habría sido todo un sueño? ¿Una trampa de la imaginación? Decidí quedarme en la ciudad y alquilé un piso situado lo más cercano posible a donde, suponía,  había ocurrido el hecho. Las energías no se destruyen, cambian, se transforman. Por lo tanto, todas las vibraciones energéticas del suceso, continuaban recogidas en el ambiente como gavillas invisibles  de un trigo recién segado. Yo, formaba parte de ellas  y, al unirme, podría revivir lo acontecido igual que cuando al visitar a un antiguo amigo, se recuerdan sucesos retenidos entre los recovecos de ese tiempo que pasa y nos envejece pero que, sin embargo, perdura. Todo aquello que sucede, se marca a hierro candente en los pasajes de la vida.
Pasé por unas etapas de inquietud en busca de información sin encontrar nada relevante. Incluso llegó un momento en que pensé sino sería que todos los recuerdos que me atormentaban, eran el producto de elucubraciones mentales hasta que, un día, hubo cambio de tercio.
El piso donde estaba ubicada mi vivienda, era el segundo de un edificio de tres plantas con dos apartamentos en cada una de ellas. Mi vecino, un hombre que me pareció algo raro, silencioso y con la única compañía de un perro viejo que lo seguía a todas partes, coincidió conmigo en el rellano de la escalera en el momento de un apagón de luz el día de una fuerte tormenta. Alto, más bien delgado, mayor pero no viejo, emitía unas vibraciones de una gran positividad que me dejó completamente subyugada. Creo que yo, también le caí bien y así o, por ese motivo, comenzó el trato. Primero, saludos, luego comentarios esporádicos que se convirtieron en opiniones personales sobre diferentes temas.  Un atardecer de primavera, en un encuentro fortuito, surgió el ofrecimiento:
¬ María, mañana es mi cumpleaños. La invito a merendar. ¿Acepta?
¬Sí, estaré encantad de acompañarle en ese día.
La merienda, alrededor de una mesa camilla situado en el mirador desde donde se divisaba el parque cercano, llevó a conversaciones más íntimas y así pude saber que Carlos Méndez, mi vecino, había estudiado medicina y, más tarde, psicología.
¬Será por eso que su mirada es tan inquisitiva, Carlos¬ me atreví a comentar cuando me lo comunicó.
Y así fue como surgieron los recuerdos de nuestra vida en aquella ciudad. Ambos habíamos nacido allí. Él continuó su trayectoria vital en la misma ciudad y yo la abandoné por circunstancias familiares. Entre recuerdo y recuerdo, entre esta calle y la otra que ha cambiado de nombre y un detalle y otro, la vivencia dolorosa de mi infancia se hizo historia por medio de mis palabras.
De pronto, me sentí inundada por una enorme ola de tsunami que me ahogaba sin permitirme emerger a la superficie. Fui consciente de mi respiración cuando los jadeos e hipidos del llanto incontrolado,  me dejaron tiempo para comprender la dificultad de mi respiración a causa de los espasmos del sollozo. Creo que nunca he vuelto a llorar con una desolación tan profunda.
Fue entonces también, cuando sentí la tibieza de la mano de Don Carlos sobre la mía, su mirada escrutadora, ligeramente asustada y triste y comprendí las palabras que salían de sus labios de los cuales solo veía el movimiento:
¬María… María… cálmate.
¬No puedo… Carlos no puedo… nunca lo olvidaré.
¬Sí, de acuerdo, no lo olvidarás pero podrás controlar el trauma que te causó la escena tan violenta. Vas a relajarte y me explicarás todos los detalles de tus recuerdos de aquellos hechos. De cualquier cosa que recuerdes aunque te parezca una nimiedad. Te ayudaré, María…
No le dejé continuar. No podía. Tenía que decirlo en voz alta, debía gritarlo… aquel recuerdo se apoderaba de mí como si fuera una araña monstruosa que me envolvía en su tela para devorarme. Agarré las manos de mi vecino, eran mi salvavidas y, entre agotadores sollozos, oí mi propia voz como si fuera la de una extraña:
¬¡Carlos… pero aquel hombre que golpeaba al joven con su cinturón mientras sujetaba su cuerpo tirado en el suelo, con un pie sobre él…. ¡¡¡era mi padre…Carlos…!!! Era mi padre…
Dejé de llorar como si hubiesen cerrado el grifo de mis lágrimas y mis ojos también se cerraron entre un velo de consuelo.
En mi rostro, noté el roce de la mejilla de Don Carlos que dejaba en mi frente un beso largo, casto y cálido. -  MAGDA.